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"Tuve que aprender a vivir de nuevo como persona"

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"Tuve que aprender de nuevo a vivir como persona"

El vínculo de Lucía Rodilla con su hijo ha sobrevivido a 20 años de devastadora experiencia con la droga y la esquizofrenia

Fuente:  
Gemma Tramullas. Martes, 25 de Julio de 2017 - CEST (elPeriodico)

Madre de persona con PDPese a su timidez y su hablar pausado y dulce, esta vecina del Eixample de Barcelona se expresa con una contundencia que brota de las entrañas de su ser. Durante más de 20 años, Lucía Rodilla (Teruel, 1951) ha convivido con la enfermedad mental y la adicción a las drogas de un hijo. Ahora participa en el grupo de ayuda mutua de familias del Centre d’Atenció i Seguiment a les Drogodependències (CAS) de Sants, que pertenece a la Agència de Salut Pública de Barcelona.

–¿Cuándo advierte que su hijo no está bien? En la adolescencia empezó a tener cambios de conducta muy marcados. A los 17 años se fue de casa tras una pelea con su padre y estuvo un tiempo de okupa, pero luego volvió y las cosas iban más o menos. Todo se desmoronó al saber que era seropositivo. Aún recuerdo su carita de niño bueno cuando se lo dijeron. Tenía solo 20 años.

–¿Usted sabía que consumía heroína? No supe verlo. Imagínese el grado de culpabilidad: te preguntas continuamente qué has hecho, qué no has hecho, qué has dicho, qué se te ha escapado... Durante cinco años no fui capaz de hablar de esto con nadie.

–Siguieron 20 años de entradas y salidas de centros terapéuticos. Mi hijo acudía al CAS de Sants, donde el doctor José María Vázquez le diagnosticó una esquizofrenia paranoide. Estaré siempre en deuda con él y con la psicóloga Llum Polo de Àmbit Prevenció por todo lo que han hecho por nosotros. No quiero dar lecciones a nadie, pero sí animar a los padres a que reflexionen sobre en qué consiste la enfermedad de sus hijos y a que utilicen las herramientas que nos han enseñado.

–Saber que la adicción era resultado de una enfermedad cambió su perspectiva. Es muy difícil convivir con esto, por no decir imposible, y yo también he sido rígida y he tenido mis salidas de genio. Pero ahora sé que la vida es infinitamente más difícil para mi hijo que para mí y que, si le presiono demasiado, le desestabilizo. Aprendí a respetar el camino de vida que él había elegido, aunque yo no estuviera conforme. Pero también tuve que poner límites.

–¿El principal límite era usted misma? Creo que sí. No podía pedirme que yo, como madre, contemplara cómo degradaba su vida y se mataba, porque yo también me hubiera derrumbado y flaco favor le hubiera hecho. Fue dolorosísimo, pero él tenía que seguir su camino y yo el mío. «Cuando lo que yo te ofrezca te interese más que lo tuyo, me encontrarás siempre», le dije.

–¿Usted cómo estaba? ¿Yo? Me quedé viuda, mis otros dos hijos se emanciparon y cada día me despertaba abrumada por un peso brutal. Tuve que volver a aprender a vivir como persona porque había perdido las habilidades.

–¿Cómo lo hizo? Reflexionando en silencio, estando conmigo misma en el sofá de mi casa he ido recomponiéndome. Sin victimizarme, porque eso no te deja avanzar, y pensando en qué cosas me hacen sentir viva. Y desde la humildad, porque he aprendido que, por más que quiera cambiar el mundo, lo único que puedo mejorar es a mí misma.

–¿Qué cosas la hacen sentir viva? Disfrutar viendo el cielo desde la ventana, gozar del canto de las golondrinas en primavera, del olor a tierra mojada, de un libro, de una charla, de un hijo que te dice «mamá»...  Estoy agradecida porque la vida no me ha quitado la sensibilidad para emocionarme.

–¿Usted ya era así? Supongo que en el fondo sí, pero mi hijo me ha mejorado como persona, me ha vuelto más sensible, más comprensiva, tantas cosas...  Es una persona muy buena.

–Ahora vuelven a vivir juntos. Él lleva tres años abstinente y han sido unos años balsámicos, de una convivencia extraordinaria. No me engaño, si él recae yo tendré que volver a recomponerme. Pero no pienso en eso. Me limito a vivir al día y a disfrutar de su compañía. Ahora sé que su estabilidad depende de la mía.


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